A ver si os vais a creer que soy la única que se tira milenios en Tinder y no se echa novio. No, no, de eso nada. Aquí os presento mi trabajo más personal, mi confesión más pura. Bienvenidas y bienvenidos al post sobre el chaval al que me camelé, ahora que llega aproximadamente (pero muy aproximadamente) el que habría sido nuestro primer aniversario. Porque obviamente me duró menos de lo que duraron las Olimpiadas de Río de Janeiro, y hace como un siglo que parece que fueron las Olimpiadas de Río de Janeiro. Pero a pesar de eso, tuvimos más de una cita. En efecto, hay un mundo más allá de la primera cita, incluso más allá de las 21 primeras citas de Tinder. Conseguimos ser una de las parejas de esta exquisita aplicación. O más bien no.

Parejas de Tinder: Alejandro y yo.

Alejandro me conquistó por sus fotos de perfil. Si tenía cinco fotos, en cuatro de ellas salía con el mismo colega. Solo en la última se sabía quién de los dos era. Y en esa última foto había recortado a un chaval que le estaba cogiendo del hombro. Claramente era el mismo colega. Además, en una de las fotos de ambos salía un pato, y los tres se miraban alegres. Alejandro enterneció mi corazón. No me acuerdo de la descripción de su perfil, solo que aparecían unas siglas que pretendían ser la posición que ostentaba en su anterior trabajo, aparentando ser poco más que el CEO de una start up de dos trabajadores. Enternecedor.

Su descripción no especificaba nada acerca de su procedencia. Si lo llego a saber… Si lo llego a saber no habría aquí post hoy. Alejandro era es de Lepe. Lepe, provincia de Huelva. Sí, de Lepe. Lepe. ¿Os suena Lepe? De Lepe. La cuna hispánica de los chistes ingeniosos a la par que buenos. Lepe.

Cuando me enteré de que era de Lepe ya casi que habíamos quedado para la primera cita, y a pesar de que todavía este blog no estaba ni en mi mente, me animé a ir, aunque fuera solo para posteriormente contárselo a mis más allegados. Nuestra primera cita fue una noche de agosto, quedamos en la estatua del ángel caído del Retiro sobre las once de la noche. Que ahora todo el plan lo veo raro, pero en su momento tenía sentido. Supongo que es porque en agosto en Madrid solo se puede salir de casa a las once de la noche. No le conté ni un solo chiste de Lepe, y esa misma noche cuando fui a mear le dejé inconscientemente el bolso a su lado. Cuando volví seguía ahí intacto. Las primeras pruebas de amor.

A partir de ahí… poco más. Todos mis recuerdos son de un verano caluroso, pegajoso, con ventiladores. Los ventiladores me recuerdan a él. Se sentaba en su sofá, de esos en los que se te quedan los muslos pegados, mientras fumaba y me contaba todas sus movidas. Sí, otro que, al igual que Javier (mi cita siete), se confesaba conmigo. Yo le miraba desde el otro lado de su amplia habitación con tres muebles pertenecientes a alguna abuela que alguna vez habitó ahí, deseando que el ventilador se girara por fin hacia mí. De vez en cuando pretendía hacer algún plan interesante con él, y le mandaba mis propias newsletters que diseñaba con todo mi cariño. Pero claro, agosto en Madrid.

Pros:

  • Me acompañó a urgencias cuando se me quedó clavada una cáscara de pipa en la amígdala.
  • Una vez se presentó con un regalo para mí: una planta en una maceta. La planta me duró sospechosamente bastante, teniendo en cuenta que tarde o temprano se me ahogan todas, porque sucede que las mato de amor. El cadáver de la planta sigue exactamente en el mismo sitio donde la dejé el primer día. Efectivamente, tengo una maceta con tierra y un resto de tallo seco en mi salón.
  • Alejandro me contó que echar los posos del café por el fregadero desatasca las tuberías, y no me lo creo del todo, pero siempre lo hago y me siento un poco mejor. A veces creo que en realidad estoy haciendo un atasco ahí abajo, pero meh.
  • Me reí mucho cuando le escuché pronunciar ‘mansplaining’ con su acento lepero.
  • Lepe.

Contras:

  • Era el típico fan de su madre, que le hacía mil tuppers de comida lepera, como por ejemplo salmonetes.
  • Tenía las muñecas extrañamente pequeñas. Los relojes le sobraban por mucho.
  • Nunca le entendía cuando me decía alguna ironía, que eran bastantes. Siempre hablaba como en serio, y yo no quería tomarme a broma los comentarios de una persona de Lepe.
  • Lepe.

¿Y qué pasó con él? Sé que queréis saber. Pues que me abandonó. Me abandonó como se abandonan los zapatos viejos. ¿Y por qué? Pues no sabemos. Alejandro es así. Es un gilipollas alma libre. La gente de Lepe ya se sabe cómo es… que si tenía yo un tarro en mi cocina que pone sal… Aquí sigo viva, Alehandro. Que si me quiere desí por qué, palante.

¿Le volviste a ver? Sé que os importa una soberana mierda, pero me da igual, porque para algo este es mi blog y escribo lo que me sale de mis adentros madrileños lepebófobos. Se parece a cualquier tío con barba y mochila, así que claro que le he vuelto a ver. Unas ciento treinta y siete veces al día, si tenemos en cuenta que esta es la especie que más abunda en Madrid.

Y esto es todo lo que tengo que decir de Alehandro. Yo creo que no he hablado mucho de mi vida privada, ¿no? Bastante bien. Estamos todos bien. Alejandro, por qué me dejaste. Que me lo expliques, coño. Si ya es solo por saber.

Y para desengrasar, esta dulce despedida:

Parejas de Tinder
Un profesor de los campamentos MasterChef hablando del tamaño de sus manos y del tamaño de mis tetas. De repente compadezco a los repelentes niños y niñas de MasterChef Junior.

1 Comentario

  1. Ah! la famosa teoría del café como medio desatascador, un clásico. Mi ex, amante extremista del café, decía lo mismo y lo practicaba que daba gusto. Hace cosa de unos siete meses el vecino de abajo vino a mi casa una tarde y me pidió muy amablemente que bajase a la suya. Resulta que tenía una gotera a la altura de mi fregadero. El fontanero lo dijo claro: atasco del bueno. No sé si fue culpa de las toneladas de restos de café por ahí vertidas, pero si hay una cosa que está clara es que mi café no desatascó una mierda =D

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